Condenados a ser libres

Autor: Mariano Barusso 15 de Junio 2020

«Recuerden, señores del jurado, que Karamazov puede contemplar dos abismos a la vez» – Fiodor Dostoyevski.

Siento que estamos viviendo un tiempo donde es imprescindible repensarnos, más allá de las urgencias que la pandemia impuso a la supervivencia diaria, social y empresaria. Precisamente por eso, en estos meses, estoy yendo por la filosofía, la literatura clásica y la reflexión sobre las vivencias cotidianas en pandemia junto a mis clientes y equipo. Creo que son ámbitos que generan más y mejores preguntas que la teoría organizacional que suelo leer con pasión. Coincido con Markus Gabriel el trabajo de los filósofos hoy es reparar, no diagnosticar.

Esta realidad nos invita e interpela a hacernos buenas preguntas antes que brindarnos respuestas ansiolíticas.

En esta línea, hoy participé en otro maravilloso encuentro filosófico con Miguel Winazky, en particular, sobre “La angustia existencial”, que me recordó la idea sartreana con la que titulé esta publicación. Entre lo mucho que me dejó este espacio, me quedé con un hilo de pensamiento que Miguel fue hilvanando en diferentes momentos (sobre todo cuando recorría a Kierkegaard, Heidegger y Sartre):

Ante la angustia de la vida, los hombres primitivos convocamos a los dioses para acompañarnos en nuestro “estar arrojados en el mundo” (el dasein de Heidegger). Cuando los hombres de la modernidad y la posmodernidad quisimos negar esa angustia constitutiva con las nuevas creencias en la racionalidad, la tecnología y el atiborrado consumo, los dioses nos abandonaron y nos encontramos con un mayor vacío.

Cuando abrazamos las creencias de la tecnología y el consumo, los dioses nos dejaron solos frente a un vacío mayor.

Un punto muy importante desde la necesidad psicosocial y filosófica de encontrarle sentido a nuestro devenir es que los dioses representaban para nosotros un reservorio simbólico y cultural para dialogar con lo universal y para reflexionar sobre nuestro lugar en el mundo, aceptando nuestra vulnerabilidad. Pero, como «Dios está muerto» (para la mayor parte de Occidente), hemos perdido una enorme fuente de sentido auténtico y de justicia social para nuestra existencia.

Hoy podemos proyectar la angustia existencial en la madre ciencia y el padre marketplace, pero nos hemos quedado solos y con un pensamiento reflexivo desvitalizado. En nuestra misma soledad y superficialidad, no nos damos cuenta. Es el peor de los aislamientos, la peor de las nadas.

Nos encontramos frente a la gran tentación de conjurar la incertidumbre frente a nuestra libertad como especie con autoritarismos, química, genética y tecnología al servicio del control social, y más consumo desenfrenado. Nuevos dioses, indigentes en términos de sentido existencial, que nos invitan a “liberarnos de nuestra libertad” (¡Muchas gracias Miguel por esta maravillosa idea!). Es decir, a elegir ser esclavos frente a la angustiante opción de aceptar la ineludible intemperie de ser humanos.

Dioses pobres o insidiosas sirenas que claman por la ilusión de evitar la complejidad que hemos construido como humanidad y la posibilidad de maduración de nuestra conciencia individual y colectiva (el verdadero progreso). Este es el verdadero peligro: dejar de ser nosotros mismos. Dejar de ser libres.

«Corremos el riesgo de elegir liberarnos de nuestra libertad» – Miguel Wiñazky

Aunque comprendo y he dedicado toda mi vida profesional a que las organizaciones y las personas desarrollen capacidades adaptativas, cada vez que escucho, por ejemplo, que tenemos que ser “más digitales”, siento una fuerza interior opuesta, tenemos que ser mucho más humanos, en términos de conciencia, de ética, de competencia y de efectividad como especie. Me pasa algo similar cuando escucho voces exultantes sobre los renovados proyectos espaciales, que nos llevan al mismo lugar: al de seguir huyendo hacia delante y perdiéndonos de nosotros mismos (por mencionar solo sus intenciones filosóficas). Debo estar poniéndome viejo… aunque solo procuro mantenerme despierto.

Brego porque la genética, la química, la tecnología y nuestras democracias sigan siendo herramientas para nuestro desarrollo, y no las cárceles diseñadas por unos pocos para muchos, esos muchos que terminen adoptándolas desde un alienado hedonismo para dejar de ser libres y de pensar críticamente.

Confrontado cual Mitia Karamazov al vertiginoso abismo de la libertad, opto por la contemplación y luego, elijo dar un salto consciente hacia el vacío, antes que rodar de lleno por sus barrancos. Estamos condenados a ser libres.

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